Economía

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¿Haciendo trizas la paz?

No deja de llamar la atención el afán con el cual se viene adelantando la iniciativa de “paz total” del gobierno de Gustavo Petro. Es muy notorio el contraste entre esta iniciativa, que se mueve como un tren bala, y otras políticas del gobierno, caracterizadas por el desorden y las contradicciones internas en su formulación.

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Por supuesto no está nada mal el afán, sobre todo si de verdad se trata de conseguir la paz: no hay objetivo más valioso y urgente que parar la violencia y la muerte en Colombia. Pero para que eso suceda se necesita una estrategia o un proceso bien diseñados y puestos en práctica de una manera eficaz.

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Y no simplemente salir corriendo a ofrecerles a los grupos armados todo lo que ellos quieran. Al ELN ya se le hicieron generosas promesas. A los narcos se les ofreció condicionar la extradición. Y ahora a las disidencias de las Farc se les está dando el tratamiento de insurgencia política como si en este país no hubiera pasado nada en los últimos diez años.

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Esto, en pocas palabras, es hacer trizas el acuerdo firmado en 2016 con aquella organización guerrillera.

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Se conoció este fin de semana de una reunión de delegados de esas disidencias en algún lugar del Caquetá con una delegación del gobierno, encabezada por el alto comisionado, Danilo Rueda. Les acompañaban observadores de Naciones Unidas y del gobierno de Noruega. En la cumbre, los miembros de las disidencias se identificaron como delegados del “estado mayor central” de las Farc, y el gobierno aceptó que se designaran así

El gobierno tendría que recordar que cuando se firmó el acuerdo con las Farc quedó claro que los guerrilleros que no se acogieran a este, y peor aún, quienes habiéndose acogido a él luego lo traicionaran regresando a las armas, serían tratados como criminales. El Estado colombiano hizo un inmenso esfuerzo y desplegó una gran generosidad en aquella ocasión, estando dispuesto incluso a dar un tratamiento laxo a crímenes atroces que habían sido cometidos por las Farc. En esto hay una condición clara, y es que esta era la última oportunidad, sobre todo para quienes afirmaron aceptar el acuerdo, lo firmaron, y a continuación le jugaron sucio al Estado y a la sociedad regresando a las armas

Que ahora esas organizaciones quieran ponerse el disfraz de insurgencias políticas debe ser rechazado de plano. Que pidan otra oportunidad cuando ya traicionaron una muy grande que se les dio, tampoco merece más que rechazo. Y peor aún, que sea el gobierno el que se preste para refrendar esto, merece el repudio explícito de toda Colombia

En este rechazo han sido particularmente enfáticos Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, quienes dirigieron la negociación de La Habana, y ahora ven en esta tentativa de reconocimiento una traición a esos acuerdos. Ven correctamente, además, que esto envía un mal mensaje a los miles que sí cumplieron, que entregaron las armas, y que hoy tratan de hacer una vida honesta. Así, sería paradójicamente el gobierno Petro el que haga trizas esa paz

En todo este episodio, tal vez lo más lamentable han sido los intentos de parte de algunos amigos del gobierno de justificar a las disidencias. Insinuó el consejero para las regiones Luis Fernando Velasco que el Estado había incumplido y que existió “hostigamiento legislativo y judicial contra los firmantes”. Mensaje que fue replicado y refrendado por el ex ministro Guillermo Rivera. El testimonio más claro de que lo que dicen es falso es que la inmensa mayoría de ex combatientes nunca volvieron a las armas. Querer ahora justificar a quienes no fueron capaces de honrar el compromiso, y que prefirieron una vida de narcos y asesinos habiendo podido optar por la legalidad, no tiene ninguna presentación. Pobrecito Iván Márquez, pobre Santrich, pobres Romaña y “el paisa” víctimas de nuestras traiciones

Es así como están tratando de construir una narrativa que tiene que ser rechazada en la cuna: la de que las disidencias son insurgencia política, y la de que su existencia es culpa del Estado colombiano. Aceptarlo sería hacer trizas la paz. Para las disidencias existe un camino que se llama sometimiento. Y si no optan por él, existe el camino de la autoridad y la justicia